Vicente Ara es una gran y buena persona, de mente penetrante y gran corazón. He repetido muchas veces ya que haber conocido a Vicente ha sido un motivo de fortuna para mí. Aquí tenéis dos escritos suyos, entre tantos otros (incluidos algunos libros y artículos de periódico). Mucha gracias, Vicente

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CARTA                     

Zaragoza 7-02-07

Para Antonio Aramayona

ZARAGOZA

            Querido Antonio:

            El tiempo de la jubilación ha llegado, pero tú sabes que la palabra "jubilar", en una de sus acepciones, es Júbilo y Fiesta; en resumen, se eleva por lo que pueda sgnificar tristeza en el el cese de las actividades a las que uno se ha entregado con nobleza y con tesón.

        En todas las actividades de la vida, hay hombres que son verdaderos maesros, los que no sólo merecen tener alumnos, sino discípulos, porque mientras el alumno aprende del maestro, el discípulo le emula en sus actuaciones. No tengo duda que han quedado buenos discípulos en torno  al profesor de Filoofía que no escatimaba tiempo y trabajo, para que aquellos no sólo quedaran informados a través de sus explicaciones, sino que aprendieran bien los temas complejos de esa ciencia en la que siempre hay que poner en juego la intuición personal.

        Y todo eso lo has hecho en tu vida profesional, yendo más allá de lo que cubriera tu recompensa material y moral; pero sí por tu ínclita moral.

        ¡Enhorabuena!, con mi deseo de que disfrutes el merecido descanso junto a los tuyos y a los que nos preciamos de ser tus amigos, por la amistad que día a día nos regalas.

        La nostalgia de pensar/En la juventud florida/Y una vida por delante/Buscando prosperidad/La recompensa ciertamente/El saber, haber cumplido/; Levantando la bandera/Hallando la libertad.

Un abrazo

Vicente

 

 

    AQUELLA INFANCIA FELIZ

 

            Según las crónicas orales de mis progenitores y otras personas del circulo familiar, llegue a este mundo como viajero infantil en alas de cigüeña voladora a finales del año 1925. El suceso tenía lugar en las primeras horas del día cinco de Noviembre, cuando todavía era de noche y las estrellas rutilantes en el cielo sereno, lanzaban sus últimos parpadeos dando paso a una alborada mañana, cuya climatología se anticipaba al invierno con fría escarcha, ribeteando de blanco las plantas de los prados dejándolos como un roscón azucarado.

            Indudablemente debí ser bien protegido de aquellos rigores climatológicos con abundantes pañales y chal blanco de lana, que no obstante pronto se convertirían en el primer suplicio que sufrimos los que nacimos en aquellos tiempos  que se usaban esas prácticas de vestidos, dejando el menudo cuerpo aprisionado sin opción a  expansión de movimientos.

            Fui un niño bien llegado a la familia. Después de mis dos hermanas mayores, esperaban al varoncito, que andando el tiempo sería el mozo de mulas de la casa; puntal de conservación patrimonial en el duro trabajo agrícola de aquellos tiempos. Y bien creo que  cumplí tal cometido a partir de mi temprana adolescencia.

            A los ocho días me bautizaron, poniéndome el nombre de Vicente como el de mi padre, costumbre bastante común y que para distinguirnos hasta bien entrada mi adolescencia fui el “Vicentín” de casa de Ventura. Mi primo José que andaba por sus dieciocho años actuó de padrino, y después de los menesteres propios de la ceremonia, lanzo para la chiquillería puñados de peladillas y alguno de “perras” gordas de cobre. (costumbre de la época).

            Los primeros meses debí tener una vida placida de bebé, sano y regordete, durmiendo mucho después de haber succionado la “tetica” de la abundancia que daban los senos de mi madre, pues no había  adecuado suplemento alimenticio, hasta que el niño estaba en disposición nutricional de injerir sopas de pan hervidas en puchero de loza.

            Al no haber en el pueblo guarderías infantiles ni escuela de párvulos, mi guardadora, a parte de mi madre, lo fue mi abuelita Isabel, al propio tiempo que  profesora de párvulo. Pocas abuelas por entonces sabían de letras, como ellas decían, pero la mía, sí al menos sabía toda la cartilla de lo que estaba orgullosa.

            Tengo recuerdos muy concretos desde los tres años, cuando me cogía de la mano y subíamos al desván, en la galería de la solana de la casa, que ella llamaba el “mirador”  donde me daba clase, enseñándome las letras que yo memorizaba de una cartilla que me había regalado el tío Andrés, su hijo mayor que era maestro y ejercía su labor docente en un pueblo cercano al nuestro. Después de la clase que no duraba mucho rato, mientras ella hilaba lana y hacia calceta, yo jugaba con un carrete del cual había terminado el hilo en costuras anteriores, pues los Reyes Magos por aquel tiempo no eran muy proclives en traer juguetes.

            La galería aunque tenía cierta amplitud, pronto se quedó pequeña a mis ansias de expansiones atléticas, por eso en los buenos días de primavera, bajábamos al portal del cubierto de la era, que resulto ser amplia aula para un solo alumno. Después corría a mis anchas sobre el césped de la era, que amortiguó no pocos “talegazos” y tozolones que me daba, aunque no tuve graves contusiones  en mis rodillas y demás miembros de mi aún frágil anatomía.

            A los cinco años sabía la caretilla y como nuestra casa estaba a pocos metros de la escuela, cuando salían al recreo los niños me juntaba a los más pequeños y  al entrar me enrolaba entre ellos, de manera que el maestro al darse cuenta de mi presencia me asignaba un sitio en el extremo de un banco porque no había pupitres para todos. Creo que estaba muy formalito por las advertencias que me había hecho mi abuela, y por tal motivo y por la buena disposición del maestro, ya me admitió en clase aunque la edad reglamentaria era a los seis años.

            El saber la cartilla me libro de tener que pasar por unos cartelotes, que eran unas planchas de cartón de grandes dimensiones que estaban muy viejos y deteriorados, hasta el punto que faltaban algunas letras, y me dio un catón nuevo en el que aprendí a juntar las silabas a costa de también causarle su natural deterioro, de lo cual me avergoncé un poco debido a que otra niña había sido más cuidadosa y lo tenía más nuevo que el mío.

            Pero en llegando aquí, como mis andanzas escolares mayormente son para los niños de hoy, las contaré otro día si mis relatos les gustan, pues además estos días estoy un poco ocupado en mis ratos libres, escribiendo un librito pequeño para contar algunas historietas que a mi me contaron, protagonizadas por un niño de pueblo hace ya más de un siglo.

                                  

                                         Vicente ARA OTIN