Antonio Tejedor forma parte de esos regalos que proporciona la vida de vez en cuando. Nos conocimos por Internet e iniciamos pronto un rico intercambio de ideas y de escritos. "Vara de mimbre" es uno de ellos, también quizá el que más me caló dentro. Antonio Tejedor es también un maestro (así y no de otra forma quiere ser calificado este profesor de Instituto de Pedrola) de una gran sensibilidad con su trabajo y, estoy seguro, con sus alumnos. Ha sido toda una suerte conocer a Antonio Tejedor.

 

Vara de mimbre

 

-¿Puedo cortar una mimbre, Rafael?

La pregunta sorprendió a mi padre con la espalda curvada sobre la tierra. Siempre había alguna hierba que eliminar en aquella viña con tintes de exposición. Él gustaba de contemplarla limpia, como el cura la patena. La mimaba con mano suave. Hasta la época de la vendimia, nadie más hollaba un terruño al que su celo confería un carácter casi sagrado.

Cualquier rato era bueno para dar un paseo entre las cepas de garnacha centenaria que heredó del abuelo. Después, el fruto, por supuesto. Un caldo capaz de codearse en la mesa de más alto copete aunque las alabanzas jamás salieran de su boca.

A la entrada de la viña, en un rincón, tenía plantado un mimbrero. Para fabricar sus propios cestos en invierno, a ratos perdidos. O reparar el deterioro de los utilizados el año anterior. A mano, como todo. Mientras fuera posible y las fuerzas no abandonaran su cuerpo la maquinaria moderna no profanaría aquel lugar que él cuidaba como la niña de sus ojos. Eso siempre lo tuvo muy claro. La podadora, la azada, unas tijeras. Y cestos donde acarrear la uva. Hasta ahí los utensilios.

-¿Puedo cortar una mimbre, Rafael?

Mi padre giró la cabeza. Don Francisco, el maestro, esperaba de pie, tapando los últimos rayos de sol de la tarde.

-Buena tardes, Don Francisco

Un cumplido inevitable, el saludo. Por aquello de que lo cortés no quita lo valiente ni la buena educación está reñida con la verdad de cada uno. Y volvió a su tarea. Cortó un par de matas de abrojos que había cerca de la cepa. Después inspeccionó unos zarcillos con la atención y el mimo de quien sabe leer en ellos.

Sentado en el suelo, a cuatro pasos de él, yo repelaba los escasos nudos de las mimbres seleccionadas. Esa era mi tarea antes de comenzar a tejer un cestillo en el que llevar a casa las primeras uvas, por San Lorenzo más o menos.

-Cuida con esa navaja, me advirtió.

Eché una mirada furtiva al maestro. Vi a don Francisco allí mismo, ¡ya!, con la vara en la mano. Amenazante. Una vara de mimbre, larga, delgada. El sonido de la serpiente antes de atacar. ¡Zas! ¡Zas! En las manos, en las piernas. Quemaba como una brasa. La veíamos cimbrearse sobre un fondo de película de terror. Las vibraciones del miedo. El símbolo del castigo. La tortura de las lecciones no aprendidas. Mano dura. 

Mi padre lo sabía muy bien. En tiempos viejos, los suyos, después de la guerra, habían sido peores. Bofetones, reglazos sobre las uñas heladas, alguna descalabradura. Y sin la posibilidad de quejarse. La letra con sangre entra

-Vamos a tejer una cesta, Don Francisco. Si espera hasta mañana…

Después se tragó unas cuantas palabras que le hubiera gustado añadir. Las dejó en el tintero de su pensamiento. Por una especie de pudor o respeto mal entendido. Porque él tenía claro que la vara de mimbre no era el embudo del saber. Ni del comportarse. Mejor una palabra amable. Aunque hubiera que dar muchos rodeos para llegar al objetivo. Esa era su norma.

Don Francisco, a pesar de su profesión, gastaba menos paciencia. Quizás la habría consumido a lo largo de los muchos años de servicio  Procuraba ganar la meta por el camino más corto sin despreciar los medios. Una vía cómoda y ágil. Y con buena prensa entre la gente del pueblo. A mi tío Eladio, por ejemplo, más de una vez le oí relatar el cabezazo que dio en la pizarra por un mamporro de Don Francisco. Por lo visto, el cogotazo tenía la propiedad de la clarividencia instantánea y el aporte de sabiduría suficiente para resolver un kilómetro de quebrados. Y más que le hubieran puesto. Lo contaba como una gracia.

-Aunque entonces no me reía, aclaraba al final.

Tras la contestación de mi padre, imaginaba que el maestro no volvería a poner un pie en la viña. Incluso que le miraría con cara de pocos amigos de cruzarse con él en el pueblo. Me equivoqué. Al día siguiente, también al atardecer, se presentó como si nada hubiera oído. Ya sé que no era de los que se dan por vencidos al primer contratiempo. También, que gustaba del reconocimiento de su autoridad. Como si esa autoridad y la honradez fueran sinónimos. 

Mi padre tragó saliva. Me di cuenta del fastidio que le producía la obligación de sacar las palabras calladas la tarde anterior. El gesto del rostro se le contrajo en una mueca de contrariedad.

-No le voy a dar la mimbre, don Francisco, dijo, de frente.

-Los niños necesitan disciplina, Rafael.

Se tomaban su tiempo antes de hablar, buscaban con la mirada en el suelo, hacían rodar alguna piedrecilla bajo la bota. La gestualidad de las dudas. Cada milímetro de palabra, medido. Las rumiaban antes de regurgitarlas. Mi padre le miró un par de veces, como si faltara valor o seguridad a su idea. O no quisiera hacer sangre. Hasta que volvió a hablar como él acostumbra, directo.

-La disciplina es el fracaso de la educación, señor maestro.

El rostro de don Francisco se contrajo en un rictus que a mi me pareció amargo, pero encajó el golpe con la experiencia de un fajador. Notó que las palabras precisas para refutar la última frase huían en desbandada, como si quisieran obligarle a la rendición ante la evidencia del razonamiento. Después sacó del pecho un suspiro hondo que relajó la severidad de las facciones. Algún punto, de los sensibles, acababa de vibrar en su mente. Miraba al cielo y al suelo, alternativamente. Con la puntera de la bota dibujaba unos signos extraños en la tierra que luego borró.

 Mi padre, mientras tanto, había regresado a la sala de exposición de sus cuadros, a sus cepas, a leer en cada zarcillo la calidad de la próxima vendimia

Don Francisco se levantó y dio media vuelta hacia el pueblo, caminando muy despacio. Unos metros más adelante se detuvo y volvió sobre sus pasos. Desde la linde que separaba la viña del camino gritó:

-Adios, Rafael. Este año espero catar la fama de ese vino.

-Descuide, don Francisco. Siempre hay un vaso para un amigo.

Se alejó en dirección al pueblo, el paso cansino. En mi pequeña cesta sólo faltaba el remate del asa. Corté las últimas mimbres y comencé a repelar los nudos