Pilar Alonso es mi madre.

La fotografía está hecha en el paraje maravilloso del embalse de Bubal , donde compartimos unos estupendos días de julio de 2006 en el valle de Tena

Dos días después de su fallecimiento, ante esta misma fotografía, escribí lo siguiente:

AQUELLA FOTOGRAFÍA EN BÚBAL

Al posar ante la cámara, la atraje hacia mí con ternura, pues todo invitaba a la cercanía. Mientras acariciaba suavemente sus hombros y su espalda, mis dedos iban comprobando que mi madre estaba literalmente en los huesos, cada vez más consumida. Su mano izquierda sostenía el bastón con que se había ayudado para llegar hasta la barandilla de aquel mirador del embalse de Búbal, a la vera de la carretera que lleva a El Pueyo, donde gustaba tomar el aperitivo con alguna bebida sin alcohol. En aquel preciso momento, mientras nos estaban haciendo la fotografía que ahora tengo ante mis ojos, supe que esas sensaciones que mi madre me estaba obsequiando quedarían dentro de mí para siempre.

Habíamos desayunado en el hotel de Gavín donde nos alojábamos la familia y todos estábamos permanentemente colmados de los olores y los colores de aquel maravilloso pueblo donde se inicia el Cotefablo. Gavín recuerda las postales de Suiza, aunque añade su plus de un jamón exquisito, un aire límpido y una gente muy acogedora. Ahora, mientras contemplo la fotografía,  mientras se hace especialmente presente la ausencia de mi madre, vuelvo a encontrarme allí, en el embalse de Búbal, azul, quieto, repleto de la gigantesca belleza que reflejan sus aguas. Con esa fotografía, con las sensaciones de mi madre entre los dedos que ahora tamborilean en el teclado, el mundo exterior y el interior se colman, como entonces, de quietud, e incluso parece que el tiempo desea caminar muy lento, saboreando aquellos instantes.

Mis ojos se clavan en la montaña vestida de hayas y helechos, al fondo del embalse, amparada por unas montañas huesudas, mucho más altas. Allí está Hoz de Jaca, cargada de todos los buenos momentos que hemos pasado allí año tras año. De Hoz es mi amiga María José, enamorada de su pueblo, pero a la que también le duele tanto lo que planean hacer en todo el entorno. Ella me ha contando apasionadamente la forma de vida de las gentes de su pueblo, la belleza de cada rincón, el olor de sus bosques repletos de helechos y acebo. Recuerdo también las comidas sobre la hierba en el balneario de Panticosa, hoy tan mutado, tan deshumanizado, mirando a lo lejos montañas ciclópeas y cascadas de plata…

Desde la fotografía mi madre me invita también a que descanse ahora en otros recuerdos, más placidos, igualmente compartidos. Me lleva de la mano a la Ermita de San Bartolomé que tanto place a mi hermana Mª Jesús, a la ruta del Serrablo, a esa plaza de Biescas donde tomábamos todos un refresco o un helado en una  terraza, a subir al trenecito de Tramacastilla para llenarnos de paisajes asombrosos, a la explanada de Ordesa cuando aún se podía subir en coche…

Y sé y siento que el Pirineo y mi madre, mi madre y el Pirineo, están y estarán siempre abrazados en mi mente y en mi corazón.

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Escrito el 28 de septiembre de 2007, a los cinco días de que Pilar, mi madre, falleciese dulce y sosegadamente a mi lado.

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ÚLTIMOS RECUERDOS DE MI MADRE

Mi madre murió el 21 de septiembre de 2007. Viernes, hacia las diez y media de la noche. Yo estaba a su lado, y mis ojos solo recibieron ternura y paz. Fue el último regalo de mi madre: no me quedó dentro un solo átomo de tristeza, pues estaba lleno de todo lo grande, bueno y hermoso que durante muchos años, y especialmente los últimos, nos fuimos entregando.

Los dos sabíamos que debíamos apresurarnos. Me contaba y contaba cosas (principalmente de su niñez). Hace año y medio grabé en una cinta todos esos recuerdos. Los tengo transcritos en toda su literalidad, con toda su viveza y emoción: sus ojos cerrados, su cabeza apoyada en el sillón, hablando, hablando dulcemente. Yo la miraba, y sabía que no sólo contaba hechos, sino que desgranaba borbotones de vida, que me los estaba dando tal como le salían.

De vez en cuando, hablábamos mucho de ella, de todo lo que le preocupaba, de los pensamientos que le bullían dentro. Mi madre se hizo muy joven cuando ya le pesaban mucho los años. La madre y el hijo, con el tiempo, se hicieron iguales en edad y en talante ante la vida; nuestras miradas se hicieron horizontales, y los dos disfrutábamos tácitamente de todas esas novedades que iban surgiendo en cada encuentro.

Ahora quiero continuar con una canción, que ya conoces. Habla de amor y de dolor a raíz de la madre que ya no está...

http://www.youtube.com/watch?v=iUiTQvT0W_0

Cuando tocaba el momento de la despedida, los besos y los abrazos se hicieron también especiales. Ella se acercaba a mi oído y me repetía todo lo que me quería. Cuando yo le contestaba lo mismo, ella me retenía así, sentada en su sillón, e insistía en que sí, que era verdad, muy verdadero, que me quería mucho, mucho…

Ya en el hospital, una vez que nos quedamos a solas en la habitación, dos días antes de fallecer, le dije lo que ya sabía: quedaba poco tiempo…. Mi madre me contestó con un suspiro que ya lo sabía. Entonces yo me hice creyente por unos minutos, para izarla a otra vida, donde le estaba esperando Guillermo, su marido, mi padre; también sus hermanas, su madre, y tantos… Ella movía la cabeza, asintiendo… La acaricié, la besé, le regalé una vez más palabras cargadas de cariño… Y ella asentía….

También le pregunté si, antes de la marcha, quería decirme algo. Fue entonces cuando levantó un brazo, rodeó mi cuello con él, y me dijo varias veces: Amor, amor, amor, amor…

Espero que a nadie le sueñe estos recuerdos a truculencias. Lo cuento como algo hermoso, que no debo guardarlo para mí solo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto….

 

 

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El 1 de octubre de 2007, Eduardo Gutiérrez, a quien solo conozco de y por Internet, pero con quien me traba una buena amistad,, una vez más colmado de detalles y sensibilidad, me ha enviado el siguiente poema, con motivo del fallecimiento de mi madre:

 

 

Es el mejor viento

en tus propios mares

el de su amor puro

que va en tu velero.

Suave y fuerte aliento

la voz de madre

te dice: "Te quiero".

Ella no se ha ido.

Está con nosotros

mirando el futuro.

Lo veo en la foto.

Sabes lo que digo

Antonio, maestro,

a lo que me aferro,

al poema de Hierro:

losuyolonuestro.

Ya sabes, amigo.

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Un abrazo.

Eduardo.