Jóvenes para siempre

 

Son más de las cinco de la mañana tras los cristales, agosto, el calor se escurre despacio por mi frente, estoy sucio y cansado, debería estar durmiendo pero algo dentro de mi cabeza no me deja. He estado observando las estrellas, un cielo precioso en el Pirineo, ni una sola nube, ni una sola luz que haga la vista menos intensa. He estado pensando, aquello te hacía sentir insignificante, uno más entre aquella inmensidad.  Me consumían las ganas de filosofar, de expresar mis sentimientos. Me di cuenta que con la edad morimos, mucho antes de lo que pensamos. No muere nuestro cuerpo ni nuestra alma, pero nuestra imaginación nos deja por el camino. Dónde van a parar las ganas de divertirse. Dónde queda la capacidad de enamorarnos. Dónde está la frontera entre la creatividad y la rutina.

No quiero volverme sedentario intelectualmente. Tengo miedo a convertirme en alguien cuyo único sueño son las vacaciones para alejarse del trabajo y que cuando consigue el ansiado periodo estival realiza las mismas tareas que el resto del año. Y los que hacen eso se aburren, pero nunca lo van a admitir. Porque antes muertos que reconociendo un error. Así somos cuando crecemos, todos vergonzosos, todos alienados. El que sobresale en algo es despreciado, por envidia camuflada por la hipocresía.

Nuestro mayor deseo es pasar desapercibidos, tener una casa y un trabajo y vivir por y para ello. La diversión queda en un segundo plano, se marcan unos horarios rígidos que no pueden ser sobrepasados. Escribir a las 5 de la mañana, por ejemplo. O bañarse en la piscina de noche. Reirse a carcajadas sin preocuparse de la gente que te rodea.

Son cosas que nunca deberíamos dejar de hacer. Que la imaginación se imponga y podamos ser jóvenes siempre.

 

 

(Jorge Hernando)

  

            CARAMELO



Eran poco más de las nueve y media, la siempre calurosa noche de San Juan.
Muchos en mi caso hubieran empezado a pensar en las virtudes mágicas de esta
fecha o del misticismo de colocarse alrededor de la hoguera, pero preferí
quedarme en mi sofá. Y eso que este año la fiesta fue frente a mi casa.
Estoy seguro que en muchos pueblos de este país se hacen las
correspondientes y rituales hogueras con sus canciones y bailes típicos,
pero aquí no.
Sólo tengo que esperar un par de horas para empezar a oír a través de la
ventana, abierta por esto del calor, a los Bisbales, Chenoas, Pocholos y
demás fauna. Y me asomo y veo que la disco-móvil, está martilleando a veinte
metros escasos de mi portal. Manda huevos. Y la plaza frente a mi casa se
había llenado de gente. Mucha gente, unas quinientas personas. En el momento
que yo miro, hay quinientos culos moviéndose al ritmo de Paquito el
Chocolatero.
Así que me enciendo un cigarro y me apoyo en el balcón, me da igual estar
dentro que fuera porque el ruido es el mismo, y me quedo contemplándolos.
El Aserejé y demás pachangas veraniegas se suceden y algo empieza a
mordisquearme la conciencia. Les tengo envidia. Envidia de su ignorancia y
chabacanería. Se lo pasan bien, aunque les degrade por completo, son felices
con un montón de lucecitas de colores. Y yo aquí estoy matando mis pulmones,
mientras ellos matan sus neuronas, que no sé que es peor.
Como no quiero pegarme toda la noche dándome cabezazos con la pared
intentando dormir, cocido de calor porque no se puede ni abrir la ventana,
pues compraré algo de beber. Que las penas mojadas en alcohol son menos. Y
llamaré a Carlos a ver si quiere hacerme compañía.
Cojo la cartera, las llaves y el móvil y bajo hacia el supermercado del
final de la calle y me compro una botella de Vodka, y mientras Carmen, la
chica del súper (a la que ya no tiro los tejos porque se le nota a la legua
que está coladísima por su noviete), busca mi botella, llamo a Carlos.
-Oye Carlos, que como eres un amargado como yo, he pensado que igual te
apetecía "envodkacharte" conmigo y nos echamos unas risas- dije mientras
Carmen se sonreía al ver mis intenciones.
-No puedo, mañana trabajo todo el día y quiero dormir un poco, que a mi no
me han montado la hoguera en los morros- el cabrón siempre me picaba,
-además a mi me pagan más que a ti y quiero seguir manteniéndolo.
-Ala macho, pues duerme mucho que lo necesitas. Hasta mañana.-
Carmen ya me ha puesto lo mío, le pago y me marcho. Cuando voy a salir por
la puerta me dice -¿Piensas beberte todo eso tú solo?- y yo la miro con cara
de póquer. ¿Se me está insinuando? No puede ser, esa mujer es increíble.
Hija de inmigrantes brasileños, veintipocos años, tiene una figura de
infarto y una sonrisa a la altura de las circunstancias. La veo todos los
días desde que abrió la tienda con sus padres.
-No creo que nadie quiera que le invite- decidí probar suerte y me estrellé;
-Pues disfrútala, que así te toca más- me contestó con una media sonrisa.
Así que me encogí de hombros y me fui.
De vuelta a casa, pasando por la parte de atrás de la disco-móvil, aquello
eran palabras mayores. Empezaron a poner "exitazos", la basura que tuve que
soportar el verano anterior. Así que sin mirar atrás, me encaminé al portal.
Ahí estaba yo. Sólo, aprovisionado y con pocas posibilidades de dormir.
Me dispuse a sacar un vaso extra-grande y unos hielos cuando alguien tocó el
timbre. Seguramente sería alguien a quien le había sentado mal la sangría y
tenía que haber elegido por casualidad mi casa para preguntar si le dejaba
subir a vomitar. Pero no, cuando descolgué el auricular del telefonillo la
voz me resultó muy familiar: -Vengo a ayudarte con la botella-. No podía
ser. Antes de tener tiempo a pensar en la procedencia de la voz, se
personificó en mi puerta Carmen.
Ahí estaba ella, sus 170 centímetros llenos de curvas, con la piel morena y
un precioso vestido verde de gasa, era como un grandioso caramelo de café, y
estaba preguntándome si podía pasar. Sus enormes ojos verdes me miraron
mientras entraba y me sonrió con sus labios finos.
Fue un momento extraño. Cerré la puerta y me acerqué a ella, simplemente me
dijo que se sentía sola y quería compartir sus penas con alguien que luego
no fuera a hacerle daño. La sencilla pero sensual Carmen estaba en mi
apartamento, con su alma desnuda ante mí, simplemente porque supe entrar en
la tienda en el momento adecuado y con la actitud correcta.
Llenamos dos vasos de hielo y los regamos con Vodka, un chorrito de lima y
un gajo de limón para completar la etílica obra de arte. No íbamos a
emborracharnos, sería desperdiciar una ocasión increíble, tan solo queríamos
estar cómodos. Nos sentamos en mi sofá y comenzamos a charlar. Yo la conocía
todo lo bien que se puede conocer a la dependienta de una tienda, habíamos
hablado muchas veces e incluso algún día recuerdo haberla ayudado a limpiar
el local, simplemente éramos amigos, pero no teníamos tanta confianza como
para ir a cenar juntos o salir por ahí. Si un fin de semana la encontraba en
un bar charlábamos un rato, pero nada más.
Y hablamos durante horas, ella me contó cosas sobre su novio, sobre su vida
privada, sobre sus amigas. No era muy feliz. Entonces, con los ojos
cristalinos, me dijo: -¿A veces no estás tan rodeado de gente que te sientes
terriblemente solo?- Y se puso a llorar.
Yo no estaba preparado para eso, no es que yo no fuera sensible, simplemente
es que nunca había estado en una situación parecida. La verdad es que tenía
toda la razón, yo mismo me había sentido igual de solo un par de horas
antes, cuando cruzaba a la multitud juerguista. Me cansaba de ir siempre
contra corriente. Ahí estábamos los dos, con las luces apagadas, sólo
iluminados por los focos de la orquesta que de vez en cuando se deslizaban
por la fachada del edificio y se colaban por entre las cortinas, con la
música y el ruido de la fiesta como telón de fondo. Rodeados por una
multitud pero encerrados en mi apartamento.
Me levanté y encendí el equipo de música, uno de esos que todavía leen
vinilos, mis tesoros de los que nunca me iba a deshacer, estaba harto de la
pachanga amortiguada por el doble cristal, no elegí la canción, empezó a
sonar el "Let´s get it on" de Marvin Gaye. Entonces le dije que se pusiera
de pie y comenzamos a bailar, lo que sonaba no permitía muchos aspamientos,
tampoco los necesitábamos, así que nos pusimos pegados el uno al otro y nos
paseamos así por mi apartamento al ritmo de las notas que brotaban del
estéreo. En aquel momento, nos dimos cuenta que no estábamos tan solos, nos
teníamos el uno al otro, creo que ella pensó lo mismo, porque se separó de
mi hombro y se quedó mirándome. Esos enormes ojos verdes me traían loquito.
Y acercó los labios a los míos, iba a besarme, entonces tuve eso que los
borrachos llaman "momento de lucidez", lo vi todo claro, así que puse mi
mano sobre su barbilla y la eché para atrás, la separé de mí y le dije: -No
lo estropees.-
Ella pareció comprender y volvió a poner la cabeza sobre mi hombro, nuestro
pensamiento era el mismo: "¿De qué iba a servir besarnos si después, cuando
todo hubiera acabado, volveríamos a estar tan solos como antes?".

Son poco más de las 4,30 de la mañana, la fiesta acabó hace una hora, pero
yo sigo aquí, en mi salón, bailando con el caramelo de café más sensual que
podáis imaginar; pero a mí en este momento no me importan las formas. Yo le
hago compañía a ella y ella me acompaña a mí. De fondo ya sólo suena el
picado del vinilo.