ALGO MISTERIOSAMENTE HUMANO

 

A la tumba de Tutmosis III se accede por un camino intrincado en el Valle de los Reyes, en el desierto. Ahora han puesto escaleras de subida y bajada para los turistas. Antes sería un sendero más inaccesible, que se unía a la soledad e impenetrabilidad del mismo paraje de arena, sol y roca. Penetras en las salas de la tumba por un pasillo incómodo y estrecho. Ahora hay luz eléctrica, antes sólo la oscuridad iluminada por antorchas. Vas recorriendo salas: de las ofrendas, de los tesoros. Todas las estancias están ahora vacías. Sus tesoros fueron robados. Sólo permanece el sarcófago de mármol. Es inexplicable saber cómo pudieron trabajar con tal maestría el lugar donde reposaría la momia del Faraón Tutmosis. En las paredes, imágenes y escritos, símbolos y jeroglíficos: relatan la vida del difunto, el Libro de los Muertos, imágenes de la vida cotidiana, las victorias del Faraón, la protección de todos los dioses. Todo está fijado hasta el último detalle.

 

Conocemos tan sólo el tesoro enterrado en la tumba de Tutankamon: el más inmenso tesoro encontrado. Pero sabemos que este Faraón, muerto a los 18 años, apenas tuvo tiempo de construirse la tumba y de colocar allí sus objetos personales. ¡Cómo sería el tesoro de Tutmosis III o el de Ramsés II! Desgraciadamente fue saqueado hace miles de años por ladrones de la época, a veces bandidos, a veces políticos o faraones posteriores. De algún modo, todo lo que habría en cada una de las tumbas del Valle de los Reyes o en las del contiguo Valle de las Reinas, o en las cámaras secretas de los Templos, hubiera maravillado a cada uno de nosotros. Sin duda, el descubrimiento del tesoro de Tutankamon, el único conservado de manera total, fue algo magnífico, que dejó boquiabiertos por la magnificencia y helados por la emoción a sus descubridores.

 

La emoción que me suscitan estas tumbas, sin embargo, no es la que produce imaginar los inmensos tesoros, por otra parte visibles en parte en el Museo de El Cairo o en los Museos europeos de los modernos saqueadores de nuestra civilización. Lo que me suscita emoción es pensar que todas las maravillas permanecieron invisibles para los ojos humanos miles de años, en algunos años casi cuatro milenios. No les importaba que todo ese arte, lleno de objetos admirables, no pudiera ser contemplado por nadie. No trabajaban para los demás. Empleaban tanto trabajo, energía, talento y esfuerzo con una finalidad que escapa de nuestra comprensión. Creían en el Más Allá, es cierto. Pero, construyeron lugares inverosímiles e inaccesibles para la gente, sin hacer alarde de los ricos objetos y del trabajo muy preciso y perfeccionado.

 

¿Para quién trabajaban con tanta meticulosidad? Es un enigma. Es un misterio. No divino, sino humano. Algo misteriosamente humano, que nace de lo más íntimo del corazón del hombre. Algo que nos hace mirar, más allá de las obras y las acciones, hacia algún horizonte que quizá exista o quizá sólo exista en los deseos de nuestra mente. Es el trabajo por el trabajo. Las cosas no tienen una ulterior finalidad que les da sentido: tienen sentido por sí mismas. De hecho, es lo más verdadero, bello, auténtico, sincero. Mayor asombro causa en nuestra sociedad de hoy, tan acostumbrada a lo razonable, a la apariencia y a la superficialidad, y en nuestra forma de vivir, tan acostumbrados como estamos a lo práctico, a lo útil.

 

No son sólo los egipcios. Ni sólo los faraones creyentes en la vida de ultratumba. Es un enigma que está ahí y que un día sale a la luz. El escultor Fidias esculpió con igual empeño la parte frontal de sus esculturas y la que iba contra el muro, que no podía ser contemplada. Miguel Ángel puso más cuidado en el espalda invisible de sus estatuas. Otro arquitecto adornó con gran trabajo el lateral del edificio, que era invisible para los ojos humanos porque sería cegado por otro edificio contiguo. Otro paró las obras para afanarse en reconstruir la tracería de una ventana, que nunca sería perceptible. ¿Por qué escribimos a veces sabiendo que nunca leerán nuestro diario? ¿Por qué pintar cuando sabemos que no llegaremos a ser famosos y nunca venderemos ningún cuadro? ¿Por qué se afana el artista, desahuciado, para completar su obra? ¿Por qué alguien puso tanto rigor y perfección en una obra de música, justamente aquella que nunca le pidieron y nunca la entenderían? ¿Por qué trabajar igual las estatuas del pórtico de la catedral que aquellas que están a muchos metros de altura y no pueden distinguirse?

 

Hay muchos ejemplos. Unas personas eran creyentes y otras no. Unas creían en la vida eterna y otras no. Casi nadie se hacía ilusiones sobre la gloria póstuma. Entonces, si no trabajaban para los hombres, y en algunos casos ni para ellos mismos, ¿para qué se esforzaban tanto? Quizá trabajaban para que Dios lo viera. Y sólo para Él. También lo hacen algunos en su vida diaria. Son trabajos que se hacen en secreto, que se hacen gratis, que no tienen finalidad social ni mercantil ni famosa alguna. Son esfuerzos que algunas personas (las más sinceras y auténticas) hacen por genuina bondad, porque la verdad les urge, por desnuda emoción. Félix de Azúa, en un artículo del mes pasado, publicado en El País, escribe que lo hacen gratis y que sólo esquivan el espectáculo.

 

De espectáculo, apariencia y superficialidad están tejidas la mayoría de momentos de la mayoría de días de la mayoría de muestras vidas. Nos puede el qué dirán, nos puede el “que se enteren todos”, nos puede el fardear, nos puede el ser más que nadie. !En cuantas ocasiones no vivimos la vida, simplemente damos espectáculo. Si vamos de viaje, no disfrutamos del viaje. Esperamos disfrutar más con enseñar las  fotos y el vídeo a familiares y amigos, a vecinos y conocidos. Va siendo hora de cambiar el “chip”. Disfrutaríamos más si en nuestra vida pudiéramos sintonizar, apartándonos de la moda, el espectáculo y el relumbrón, con lo más hondo de nuestro corazón, con la autenticidad, el placer, la gratuidad, la emoción, la bondad, la verdad, la realidad misma. Y todo eso por sí mismo. Y luego confiemos en que no sea verdad nada de lo que pensamos.