Carmina y José Luis

 

 

José Luis fue compañero mío en una empresa de ingeniería y financiera donde trabajé durante seis años, tras caer ahí casi sin saber cómo ni para qué como un paracaidista. Allí me salvó de la quema varias veces, pues al principio yo apenas sabía nada de aquellos asuntos, y de simple compañeros de trabajo acabamos siendo buenos amigos, amistad que extendimos a las respectivas familias. José Luis es de una pieza, y siempre me he fiado de él y he confiado en él plenamente. No recuerdo un solo momento en que él me haya defraudado en esa confianza, en esa amistad. Además, su risa y su naturalidad se hacen de querer mucho.

Carmina, su mujer, tiene una voz que siempre me ha embelesado. Esa voz es solo un presagio de todo lo que ella lleva dentro de sí misma: dulzura, poesía, belleza, todos los colores del arco iris, miles de cosas que le bullen dentro. Escribe poemas bellos, algunos de los cuales conservo como un tesoro. También se hace llamar a veces Olivia, pues en ese nombre quizá quiera reflejar todas las luces y los sonidos que decoran su interior.

José Luis y Carmina, Carmina y José Luis me han ayudado mucho, mucho, mucho en momentos muy difíciles para mí. Les estoy muy agradecido por todo ello.

Tienen tres hijos, José Luis, Raúl y Javier, de los que tenía un recuerdo algo vago (salvo a José Luis, no les he visto desde hace un montón de años). Los contemplo ahora en la foto, tan guapos, y se me llena la mente de buenas y hermosas ensoñaciones. A todos ellos, a sus mujeres e hijos, Iker y Giovanna, Pablo y Beatriz, les deseo todo lo mejor del mundo y de la vida.