A qué viene este libro

A modo de saludo. y explicación (en el fondo, de excusa)

 

Mediaban los años setenta y unos amigos alemanes me invitaron a visitar la zona de los Alpes bávaros colindante con la antigua Checoslovaquia, de una belleza sobrecogedora. Dejamos el coche al final de una estrecha carretera de montaña y continuamos andando unos cientos de metros por un camino de tierra bordeado de altos y frondosos árboles. La senda acababa abruptamente en un claro y al frente aparecieron varias colinas desnudas, peladas, erizadas de torres de vigilancia y vallas electrificadas, con las que pretendían disuadir al mundo capitalista de cualquier intento de invasión decadente y al ciudadano checoslovaco, de la futilidad de toda tentación de fuga.

 

Fue la primera vez que se tambalearon en mi interior los principios revolucionarios que con tanto ardor defendía de puertas afuera. Sin embargo, a pesar de no percatarme en aquel momento de su importancia, hubo algo que aún hizo más mella en mi ánimo: el descubrimiento (no sólo teórico, sino real y tangible) de que dos mundos presuntamente enemigos compartían casi todo, especialmente aquella luz, aquel aire y aquellas montañas, por lo que su enemistad y enfrentamiento parecían perder su posible sentido.

 

Fue como si toda aquella belleza natural hubiera abierto de par en par las ventanas de mi mente, cerradas durante años, como si el aire limpio y fresco hubiese inundado cada célula de mi cerebro, otorgándome al mimo tiempo la capacidad de elevarme muy por encima del suelo, más allá de la azulada atmósfera, a fin de contemplar la tierra sin las fronteras ni los colores de los mapas políticos que hubimos de estudiar de niños en geografía.  Sin embargo, rápidamente volví a la ortodoxia ideológica y me autoconvencí de que la estética de la naturaleza es una pequeñez al lado de la explotación del hombre por el hombre y la futura sociedad comunista. No obstante, el gusanillo quedó allí para siempre, royendo imperceptiblemente mi cerebro y mi corazón.

 

Hora y media después comíamos en un coqueto restaurante alpino y me creí en la obligación de manifestar a mis amigos mi contento y agradecimiento por haber conocido aquellos lugares. Con cierta sorpresa observé que, a la vez que compartían mi opinión sobre la belleza de la zona, se miraban entre sí y se sonreían con aire de tristeza. Uno de ellos, Ludwig, sacó de su macuto de tela un número atrasado de la revista “Der Spiegel” y comenzó a enseñarme fotografías que mostraban el deterioro que habían sufrido en unos pocos años los bosques y las montañas donde nos encontrábamos: las fotografías aéreas evidenciaban la notable degradación de la naturaleza en aquellos parajes y en otros muchos similares de la RFA. Todos los colores verdes imaginables estaban siendo reemplazados a pasos agigantados por los grises y los marrones, mientras miles de árboles y de seres vivos agonizaban. Volví a mirar hacia las montañas y  manifesté mi incredulidad, pero mis amigos insistieron en los mismos argumentos.  Imperceptiblemente la naturaleza degeneraba y moría. Me explicaron con detalle los efectos devastadores de la lluvia ácida y la conversación desembocó en la torpeza del hombre occidental a la hora de hacer compatibles el progreso y el respeto a la naturaleza.

 

Desde entonces no he podido olvidar aquellas imágenes de los bosques bávaros, pero sobre todo mi ceguera para detectar la enfermedad mortal que los humanos estamos inoculando a la naturaleza. Ahora, cuando las noticias cotidianas del mundo y de mi tierra me producen una sensación de desazón y de alarma, rebrotan en mi memoria los árboles y los prados esquilmados por la codicia humana y el desarrollismo irracional.

 

En este libro se recogen algunos de los artículos publicados en los años 1996 y 1997 en “El Periódico de Aragón”. Como casi todo lo que se escribe para un diario, es difícil encontrarles un hilo conductor común que no resulte demasiado artificial. No obstante, lo cierto es que una misma idea -algo obsesiva-  ha asistido al alumbramiento de cada uno de ellos: la “lluvia ácida”. En casi todos los acontecimientos analizados y comentados en estos artículos, a menudo el panorama final -más allá de los detalles y las apariencias- se me antojaba producto de una fina y constante lluvia ácida, que iba desgastando y corroyendo muchas de nuestras esperanzas y de nuestros mejores sueños.

 

 Desde aquella visita a la frontera alemana con Checoslovaquia mucho hemos cambiado y avanzado en España. Sobre todo tenemos el mayor de los tesoros, por muchas pegas y bemoles que se quiera poner: la libertad. Tenemos libertad en España, a pesar de los pesares, a pesar de los dictadores y los atávicos salvadores, a pesar de los inquisidores y los señores (de la guerra y del dinero). Sin embargo, la lluvia ácida nos está dejando a veces  el ánimo por los suelos, en carne viva.

 

Como compensación, queda el consuelo de que quizá la mayor parte de los seres humanos que habitan el planeta tierra aspiran y suspiran por una tierra renovada, más limpia y menos enferma, más libre y liberada de la lluvia ácida del club de los bastardos. Todo el mundo sabe con bastante precisión qué quiere y desea para sí y para los suyos y para todo el género humano. Todos y cada uno podríamos describir qué sociedad deseamos y qué formas de convivencia nos producen pavor. Tenemos miedo de que nos tilden de ingenuos y utópicos, de que otros más fuertes y poderosos se rían y abusen de nosotros. Sin embargo, nadie nos puede librar de decidir en la encrucijada: o sigue avanzando la devastación de la lluvia ácida o la reemplazamos por otra realidad, más humana y confortable.

 

Los artículos recopilados en este libro pretenden fundamentalmente que el lector ejercite su mirada para contemplar de una forma distinta las mismas cosas de siempre. Ni constituyen, pues, una crónica de los principales acontecimientos de los últimos años, ni  tienen una pretensión de exhaustividad: de muchos sucesos importantes no se hace ni mención; otros, en cambio, aparentemente insignificantes, invitan a reflexionar con sosiego y hondura. Probablemente, más de un lector discrepará de algunas de las opiniones vertidas en este libro, pero en tal caso se habrá conseguido su  objetivo básico: pensar, debatir, decidir... con otra mirada.

 

Desde esa perspectiva, con esa mirada, el libro recorre muchos bosques y muchos paisajes diferentes, casi todos depauperados por la lluvia ácida. Unas veces son los gobernantes  los que aniquilan nuestros árboles en nombre del interés general, del vendaval privatizador o de las nostalgias mal reprimidas. Otras, en cambio, son otros dirigentes, prisioneros en parte de su pasado y de sus sentimientos de culpa. Desfilan también a lo largo de estas páginas mujeres sufrientes, víctimas de los malos tratos y los abusos sin cuento; niños que se duelen de su mala estrella en un rincón de su vida; miles de muertos inocentes argelinos, tutsis, hutus, afganos, iraquíes. Flotan en el espacio vacío espectros de cartón piedra, ya muertos (Diana) o casados (entre fastos reales sevillanos o barceloneses). Hiela el corazón la violencia enquistada en Euskadi, el dogmatismo irracional de las partes implicadas, la crueldad asesina de ETA. La lluvia ácida produce estragos especialmente allí donde podría residir la última esperanza: el mundo de la cultura y la educación. El buque insignia del desvarío educativo se llama precisamente Esperanza (Aguirre) y con otra mirada se van recorriendo asuntos educativos tan cotidianos como el comedor escolar o los libros de texto, la libertad de enseñanza o el “fracaso escolar”.

Especial atención reciben también los más sutiles y perniciosos productores de lluvia ácida desde que España y el mundo existen: los intolerantes, los intransigentes, los que pretenden arrogarse en exclusiva la posesión de la verdad y la decencia, los que alimentan su poder a costa de inyectar en los demás miedo, sometimiento y entrega de la conciencia. La historia de española y universal ha estado sojuzgada por la clase clerical y la clase militar, dos patas para una mesa en la que sólo han comido -opíparamente- unos cuantos ricachones y su cohorte de buscavidas. Ahora vuelven a estar en alza, más arrogantes que nunca. Sin embargo, los ciudadanos hemos salido del reino de la resignación. Desde estas páginas observamos todo ese mundo de injusticia con otra mirada, con ojos de dignidad y de libertad, vindicando lo que a todos pertenece por derecho. Aun a sabiendas de que, hoy por hoy, soplan malos vientos para ese tipo de mirada...