Hace tiempo estaba indeciso, pero ahora ya no estoy seguro.

 

Es una frase de un tal Boscoe Pertwee, que encontré leyendo el libro de Humberto Eco “Kant y el ornitorrinco”. A primera vista, parece una boutade, pero da mucho que pensar si nos detenemos un poco en ella. Y es que la vida es una deliciosa y dura aventura, llena de incógnitas y retos que hemos de ir superando por nosotros mismos, lo que puede producir a veces no poca zozobra e incertidumbre. Acostumbrarnos a convivir con la duda y la búsqueda incesante van muy bien para la salud. De ahí que también la enseñanza y el sistema educativo deberían ser una permanente invitación e incitación a la búsqueda, a planear problemas, a indagar, a ir descubriendo el mundo y la vida como un océano de preguntas. Plantear la educación como una prueba fatigosa de asimilación  y reproducción de respuestas (correctas y cerradas) significa ver las cosas con miopía y conducir a buena parte del alumnado al desánimo (muchos lo llaman "fracaso escolar" y tienen razón: es la escuela, toda la escuela, la que fracasa). Como sabes, la palabra “escéptico” casi siempre se emplea en un sentido peyorativo. Si te apetece, pincha aquí y verás como no fue así en sus orígenes. Observarás también, si alguna vez recibes algún e-mail mío, que la frase siempre está presente al final del texto. Por último, te dejo el artículo “Dudo, luego vivo”, aparecido el 7 de enero del 2004 en El Periódico de Aragón, por si alguna vez te apetece leerlo y el artículo El beneficio de la duda, parecido en la Revista "La Calle de Todos", de la FABZ de Zaragoza, en julio de 2007.