ENERGÍAS Y ENTELEQUIAS

 

  En cualquier época ha habido potencias hegemónicas que han impuesto, entre otras cosas, su cosmovisión, sus criterios, valores  y perspectivas claves. En la nuestra, percibimos día a día la creciente importancia que va adquiriendo el “modo de vida norteamericano” en todo el planeta, y especialmente en el mundo occidental.

  Síntoma inequívoco de ello son ciertas expresiones típicas y tópicas estadounidenses que van penetrando inexorablemente en nuestra visión del mundo y de la vida. Así, se afirma -casi como axioma- que un individuo siempre debe perseguir ser un “ganador”, un “triunfador”, pues de no llegar a conseguirlo se es un “perdedor”. El “sueño americano” consiste en poder vivir en un país donde cualquiera puede llegar a conseguir lo que se proponga, a condición de trabajar con denuedo y sin desfallecer. Por lo mismo, no “llegar a la cumbre” conlleva un grado considerable de frustración, pues en tal caso se está condenado a quedar situado en la mediocridad.

  De todas formas, tampoco queda explicitado con claridad cuál es la “cumbre” que hay que ascender, o de qué “ganancias” o “pérdidas” se trata. Sin embargo, no hay que ser un lince para poder captar pronto el verdadero mensaje: dinero, poder, fama, éxito... Cuanto más pronto y en mayor medida se posean, más “ganador” será alguien. Cuanto más alejado se encuentre uno de ellos, más hundidas tendrá sus raíces en el fracaso.

  A no pocos les parece de perlas esta forma norteamericana de ver y de afrontar la vida. En un mundo plural, cada uno es muy libre de escoger lo que considere más oportuno. Por otro lado, tampoco es que los imperios anteriores, incluido el español, tengan grandes razones para sentirse más orgullosos de su obra que los norteamericanos actuales de la suya. Y es que tan malo sería que nuestras críticas a los actuales dueños del imperio se debieran más que nada a la envidia o al resentimiento como estar acomplejados (que cada cual elija su correspondiente complejo de superioridad o inferioridad...) por lo que nuestros antepasados hicieron o dejaron de hacer en el pasado.

  Sin embargo, ciñéndonos a la actualidad, en el caso de que alguien decidiera convertirse en un secuaz de la “american way of life”, habría de convenir con él en que el dinero, el poder, el éxito y la fama son en principio muy deseados por casi todos (constituyen, de hecho, poderosos motores de la historia de los individuos y de los pueblos), pero también bastante difíciles de conseguir (al menos, son muchos más los presuntos “perdedores” que los que se declaran “triunfadores” o “ganadores”, y pocos o ninguno los que se dan  por satisfechos con lo que ya poseen). Por tanto, sería recomendable y prudente pensarse dos veces las posibilidades reales que cada uno tiene de subirse al carro de los triunfadores, antes de romperse la crisma contra el muro del fracaso, engañado por de los cantos de las sirenas anglosajonas y pasando el resto de su vida lamiéndose las llagas producidas por una hamburguesa gigante. 

  Nada hay que objetar al hecho de que cualquiera  se proponga como meta desmarcarse, gracias a su esfuerzo personal (y, lo que es más difícil, sin perjuicio de nadie), del inconmensurable rebaño de perdedores que sobrevivimos en el planeta. Sin embargo, tampoco habría que descartar la posibilidad -quizá tercermundista, pero posibilidad, al fin y al cabo- de que haya otras formas más saludables de vivir la vida. Muchos individuos, escuelas, partidos y movimientos se han dedicado desde los principios conocidos  de la historia a  pensar, proponer e -incluso- ensayar-algunas de esas formas de vivir confortable y placenteramente. Como sería aburrido y muy extenso hacer un recuento relativamente exhaustivo de todas ellas, limitémonos  ahora a una sola, muy antigua,  intrínsecamente “perdedora”, y sin la más  mínima posibilidad de estar hoy de moda: escrita y debatida hace ya unos dos mil cuatrocientos años, se trata de una  forma diferente y original de abordar la cuestión de cómo vivir bien y a gusto (aunque en ningún momento se garantice que constituye un método rápido y eficaz para llegar a ser feliz en diez días...  Su autor es Aristóteles (384-322 antes de nuestra era) un genial pensador griego, discípulo de Platón y preceptor de Alejandro Magno.

Aristóteles, además de contar con una gran capacidad especulativa y unas asombrosas dotes como investigador y hombre de ciencia,  procuraba mantener siempre los pies en el suelo y comprobar minuciosamente cuanto sucedía a su alrededor. Observador minucioso y de gran sentido común, gustaba siempre de atenerse a los hechos verificables. Pues bien,  entre otras cosas, Aristóteles constató que cada ser del cosmos, animado e inanimado, y sobre todo los seres vivos, posee por sí mismo unas capacidades, características, tendencias y actividades propias y específicas, que le pertenecen a él y que que le diferencian del resto de los seres. Estos rasgos específicos de cada ser que habita en la naturaleza son los  que determinan que cada individuo y cada especie sea como es y se comporte como se comporta.

  En principio, aunque a primera vista pueda parecer algo complicado, este descubrimiento de Aristóteles  es algo bastante evidente: por ejemplo, la naturaleza del orangután (sus capacidades, características, tendencias y actividades)  es bien distinta de la del mosquito, la del pino, la de una estrella enana roja o  la del ser humano. Si nos fijamos en  la forma de comportarse de cada uno constatamos de inmediato que son diferentes en cada uno, a tenor de su propia naturaleza:  la margarita, el dromedario, la libélula, la magnolia. la estrella de mar o  el ser humano son muy diferentes,  al igual que su comportamiento, aspecto, su estructura fisiológica, sus formas de alimentación o reproducción, sus modalidades de comunicación, sus medios de adaptación al medio, etc....

  Y sin embargo, a juicio de Aristóteles, a pesar de todas estas peculiaridades y diferencias, todos los seres de la naturaleza coincidimos  en algo fundamental: estamos en el mundo para llegar a ser lo más plenamente posible aquello que nos corresponde ser por  naturaleza. En otras palabras, dado que  a cada ser,  a cada especie, le corresponde un modo de ser específico y propio determinado por la naturaleza, la misión primordial que cada uno tiene en el mundo es llegar a ser lo más perfectamente posible lo que se es, al menos en germen: llegar a ser él mismo, desarrollarse o realizarse a sí mismo en todas y cada una de las capacidades que la naturaleza le ha dotado. Pues bien, Aristóteles denomina a este objetivo fundamental de cada ser existente en la naturaleza con un término que él mismo inventó al efecto:  “telos”.

  Cada ser, cada especie tiene su propio “telos”, es decir,  surge en la naturaleza para hacerse a sí mismo, desarrollar cabalmente todas sus potencialidades.  Así, consideramos que una mazorca de maíz, un tomate, un delfín o un caballo van llegando, en circunstancias normales,  mientras dura su existencia, a su pleno desarrollo, a su plenitud natural  (a su  “telos”). Desde esta perspectiva, resultaría ridículo y fuera de lugar declarar que una ballena es “más excelsa” o de “mayor valía” que un pulpo, pues para el pulpo sería una catástrofe aspirar a parecerse o convertirse en ballena, pues su “telos” natural consiste en llegar a ser pulpo  (si no se malentiende la expresión, podría decirse “un buen pulpo”). Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de la metamorfosis de la mariposa,  las mareas, los eclipses, el desarrollo de un niño, la organización de las termitas en sus hormigueros o la pigmentación variable del calamar.

  Por consiguiente, el “deber” primordial de cada ser de la naturaleza consiste en  desplegar y culminar su “telos”,  es decir, en hacerse adecuadamente a sí mismo, no impedir el pleno desarrollo de su ser. Una abeja que tendiese a ser libélula o un ratón que suspirase por volar no llevarían a cabo su “telos”  específico y propio, y se convertirían en un auténtico fiasco. En otras palabras, el mayor  error que podría darse en la naturaleza consistiría en que alguien se empeñase en desconocer, ignorar o dar la espalda al pleno despliegue natural de su naturaleza, al propio “telos”:  cada uno ha de tender a ser él mismo de la forma más acabada posible. Por ello, tampoco los seres humanos alcanzaríamos nuestro objetivo natural (nuestro “telos”), si nos empeñáramos, por ejemplo, en ser gaviotas, supermanes, dioses o máquinas, al igual que sería un desastre para la cebolla desarrollarse como palmera o como cactus o como cualquier otro ser que no fuese ella misma...

Por la misma razón, y dado que los seres humanos constituyen para Aristóteles la obra culminante de la naturaleza, pero no por ello dejan de ser unos seres más de la naturaleza, estamos sujetos al mismo proceso de consecución del propio“telos”, es decir, a la necesidad de desarrollar nuestras posibilidades naturales, si es que queremos alcanzar nuestra realización plena como humanos y, por consiguiente, la felicidad. Desde que nace un ser humano, se pone ineludiblemente en marcha  para llegar a su pleno desarrollo como individuo humano concreto, y por ello y para ello vive, ama, se aburre, estudia, respira, habla, duerme, se apasiona, anda, sufre, se preocupa o suda... Cada etapa, cada situación, cada decisión, cada instante es un paso, progresivo o recesivo, hacia la construcción total y plena de uno mismo como ser humano.

  Cada individuo humano debe esforzarse, pues, a lo largo de su vida por llegar a ser una persona humana cabal, por llevar a plenitud sus aptitudes y capacidades, de acuerdo con sus características individuales propias, por hacer realidad su “telos”.  Ahora bien, Aristóteles no concibe el “telos” como algo acabado, definitivamente hecho, exterior a nosotros mismos, como si se tratara de la línea de meta para un ciclista, el mueble para el carpintero o el puerto para el barco de pesca, sino como algo que forma parte de uno mismo: es el propio ser el que está en proceso permanente de autorrealización. A este proceso constante por alcanzar el “telos”  lo denomina Aristóteles con un nuevo neologismo: “ergon”.

  Al igual que el cuerpo de un ser adulto es resultado de un despliegue complejo y maravilloso del organismo a lo largo del tiempo,  desarrollarse como persona es producto del esfuerzo continuado por hacerse a uno mismo día a día. En otras palabras, el “telos” no es una simple meta que nos aguarda al final de la vida, sino un proceso, una actividad, “ergon”.  El “ergon” es, pues, la actividad natural que cada ser ha de llevar progresivamente a cabo a lo largo de su existencia a fin de desarrollar adecuadamente el “telos”, el propio ser, como individuo cabal.

  Más aún, el ser humano no sólo está  siempre por acabar, por realizarse, y en esto consiste radicalmente su esencia (tener que decidir día a día, instante a instante, quién es y quién quiere ser), sino que -precisamente por ello- cada uno debe descubrir cuál es su camino a recorrer, cuál es su horizonte a perseguir, pues lejos de ser un ente abstracto (clónico en lo fundamental, diferente sólo en lo accidental), es un individuo humano concreto, esta persona, yo, tú... La vida humana es para cada individuo una empresa siempre por hacer plenamente, un descubrimiento incesante, un navegar por aguas, a veces quietas, a veces procelosas, escrutando el rumbo adecuado.

  Y aquí deberíamos hacer un alto en el camino y volver a revisar el binomio contemporáneo “perdedor” - ”ganador”. En ningún caso se le ocurrió a Aristóteles descalificar lisa y llanamente los bienes y valores encarnados por el típico “self-made-man” triunfador (bienestar, confort, dinero, ocio, éxito...). Tenía demasiado sentido común y amaba demasiado la vida real y concreta como para despreciarlos. Sin embargo, no estaría de acuerdo en cargar exclusivamente las tintas sobre un solo aspecto, limitado y parcial, de la vida: el dinero, el bienestar, la fama, el poder, el confort, el ocio o el éxito...el éxito.

  El  auténtico y pleno  desarrollo humano no se alcanza con la simple obtención de estos bienes, aunque éstos pueden propiciar que el proceso sea más placentero y menos accidentado. El “telos” es un proyecto -un “ergon”-  que se despliega lentamente, con constancia, a lo largo de la vida. Dentro de las características y limitaciones naturales de cada especie e individuo, cada uno debe desvelar el sentido y la dirección que quiere dar a su existencia para la consecución de su  “telos”.  Frente al mensaje sesgado de los “ganadores” contemporáneos, Aristóteles supone una reivindicación de lo más genuino y profundo del ser humano, expresado con el neologismo “telos”.

  Para la mayoría de los seres de la naturaleza la realización de sus potencialidades naturales es eminentemente un proceso ciego: no son capaces de elegir, ni bien ni mal, el desarrollo de su vida y de su personalidad, la calidad y el talante de su existencia, su “ergon” y su “telos” ; es decir, sus comportamientos, necesidades y pautas de adaptación están completamente predeterminados: tanto sus características fisiológicas, como sus conductas básicas, están prefijadas por un junto de factores genéticos e instintivos, que les dejan un margen bastante escaso, o incluso nulo, de decisión.

  El ser humano, en cambio, puede convertirse en un ser excelente o deplorable según consiga o no desarrollarse adecuadamente: es un ser capaz de echar a perder lo que por naturaleza puede llegar a ser, es decir, puede “echarse a perder” lastimosamente. Por lo mismo, puede “ganarse” a sí mismo como ser humano cabal. Obviamente,  el significado de “perder” o “ganar” nada tiene que ver en este caso con los “ganadores” o “perdedores” de determinados estratos de la sociedad contemporánea.

  En efecto, aun dentro de ciertos límites impuestos por nuestra propia naturaleza biológica, somos el único ser de la tierra capaz de decidir cómo y qué queremos ser, de realizar nuestro ser de una u otra forma. Esto conlleva sin duda un riesgo, pero también la posibilidad de abordar la existencia como la aventura de llegar a ser nosotros mismos. Nos diferenciamos, para bien o para mal, del resto de los seres de la naturaleza en que somos capaces de hacer realidad o de abortar nuestro “telos”, de pensar y reflexionar sobre él, de elegir el camino concreto para realizarlo, de llevarlo a cabo en el seno de determinados grupos y sociedades, de comunicarlo a través del lenguaje, de amarlo o  destruirlo...

  Sería, pues, un error envidiar otro “telos” distinto. No sólo, por ejemplo, pretender ser hormiga, marciano o dios o ángel o demonio, sino empeñarme en ser cualquier otro, pero no yo mismo. Me puedo convertir en un desgraciado, si me paso la vida lamentándome de no medir dos metros treinta centímetros y no poder así jugar de pívot en un equipo de baloncesto,  o no ser como mi vecino, o como mi amigo, o como el de la página quince de esa revista del corazón, o astronauta o Adonis redivivo, o Elvis Presley, o Superman...

Es curioso comprobar también cuántos individuos creen que los demás siempre viven mejor que ellos o son menos desgraciados, o  sus dolores son más intensos o más escasa su buena suerte...  La cuestión es no estar conforme con lo que uno es realmente. Y difícilmente se puede mejorar si no es sobre la base de la propia realidad, del propio telos, del propio ergon  concreto. Se atribuye a Sigmund Freud la siguiente anécdota clínica  (aunque quizá se trate sólo de una paramnesia): dos hermanos gemelos andaban preocupados por el tamaño de su propio pene, pues cada uno consideraba que el de su hermano era mayor, y el suyo más pequeño... Pues bien, parece ser que cuando Freud los midió tenían exactamente el mismo tamaño... Quedaríamos quizá asombrados al comprobar cuánta gente anda por ahí desasosegada por sus propias dimensiones y por las presuntas dimensiones de los demás (y no exactamente del pene fisiológico...).

  Es un  error, por tanto, no esforzarnos por llevar nuestro ser, nuestro “telos”, cabalmente a término. Los humanos no somos como los geranios existentes en las terrazas de tantas casas: es cuestión de sembrarlos en una maceta, de regarlos y... a crecer.  Por el contrario, llegar a ser humano, en el sentido pleno de la palabra, exige siempre tensión, esfuerzo, reflexión, voluntad, ilusión, constancia, a veces también no pocos sacrificios. En otras palabras, el “ergon”  humano es en cualquier caso una actividad ardua, que permite pocas siestas y vacaciones.

  Esto nos permite descubrir el sentido real que Aristóteles da a la palabra “energía” (“en-ergon”, “en-ergeia” o “en-ergía”) : energético es todo factor o elemento que coopera o favorece el proceso de desarrollo que Aristóteles conoce bajo el nombre de “ergon””. Así, hay cosas que son “energéticas” y otras que no lo son: la salud y lo que coopera a un buen  estado de forma; el pensamiento y la cultura, la honradez y la sinceridad, el amor y la amistad, la gastronomía y el gusto erótico, el confort y la música, la fiesta y la belleza, la aceptación de los reveses de la vida y el esfuerzo, el sacrificio y la satisfacción, el placer y el estudio, la pasión..., son “energéticos” si y sólo si forman parte  del proceso constitutivo del “ergon”.

  Hoy, sin embargo,  se consideran “energéticos” primordialmente aquellos productos que confieren fuerza y vigor, poder y empuje. Debido a ello, lo “energético” se ingiere, se inyecta o se compra, y tras poseerlo, utilizarlo o asimilarlo, se “gasta” o se “emplea”  (sean vitaminas, glucosa, pilas electrónicas o gasolina). Si carecemos, a nuestro juicio,  de suficientes energías, parece que no tenemos más que volver a comprarlas, inyectarlas, ingerirlas, etc.,. Aristóteles, sin poner en principio reparos a esta forma de ver lo “energético”, echaría de menos una concepción más honda y radical de “energía”: lo que fomenta y coopera a la realización plena y veraz de cada ser, de la naturaleza de cada ser.

  Hay cosas, por el contrario, que son “anti-en-ergéticas”, aunque Aristóteles matiza bastante esta afirmación: más que las cosas en sí mismas y por sí mismas, son las proporciones o las dosis en que se toman o administran las que confieren realmente el rango de beneficioso o dañino, de constructor o destructor, de energético o no-energético. Todo puede ser conveniente o inconveniente, positivo o negativo,  dependiendo de hasta qué punto y en qué medida favorecen o no, cooperan o no, a llevar a cabo el “ergon” personal y social.

  En consecuencia, las drogas, el sexo, la lectura, la miel, el trabajo, el descanso, el ocio, el deporte, el riesgo, la comida, la bebida, el jolgorio, los ideales, los amigos o las angulas, todo -en desmesura- se vuelve en contra del “ergon”, tiende a marchitarlo, y todo -en su justa medida y en orden a su objetivo preciso- es energético, favorecedor del ergon, del desarrollo pleno del ser humano. Deberán ser la conciencia y la libertad de cada uno las que decidan dónde empieza o acaba la desmesura y cuál es la justa medida de cada cosa... Cada uno ha de juzgar, pues, qué le conviene en cada caso, al ser responsable, para bien o para mal, de su “ergon”. Estamos hasta cierto punto en nuestras manos, somos producto de nuestras propias decisiones.

  La vida debería ser ante todo un esfuerzo inagotable por llevar a cabo del modo más pleno posible el “telos”, el desarrollo de  nuestro ser, la culminación de nuestras posibilidades. De todas formas, somos seres que nos sentimos limitados e inacabados, por hacer. Siempre aspiramos a más, siempre estamos en pos de nosotros mismos, de nuestros proyectos e ideales. Parece que nunca podemos llegar  al acabamiento perfecto y definitivo de nosotros mismos.

  Que todos los seres del mundo y de la naturaleza, según Aristóteles, tiendan a su “excelencia”, a su culminación perfecta, a la consecución de su “telos”, al grado sumo de sus capacidades naturales,  a su plena madurez, no deja de ser en cierto modo un ideal, y así lo reconoce el propio Aristóteles: en el caso de que alguien o algo alcanzase su “telos”, su desarrollo completo, se convertiría en “en-telequia”, en un ser naturalmente perfecto, que habría alcanzado el pleno y cabal desarrollo de su ser y de su vida. Pero, claro está, esto es más bien una aspiración, un ideal (de ahí la palabra “entelequia”).

  En realidad, somos seres inacabados, siempre en “en-ergía”, siempre tendiendo al “telos”, pero jamás consiguiéndolo del todo. Si  llegásemos realmente a conseguir tal perfección de nuestro ser, al “telos” simple y puro, dejaríamos de ser humanos,  de existir, pues en tal caso quedaríamos sumidos en un mundo donde nada habría ya que desear o querer, nada nuevo por lo que vivir o morir, ni siquiera tendríamos ya motivo para respirar, comer, amar o trabajar. Toda la realidad, incluido nuestro propio ser,  quedaría petrificado en su perfección, al no tener nuevos objetivos que cumplir. Por suerte, la existencia humana es hacerse continuo, perfeccionarse, esforzarse, tendencia a lo que aún no se es, transcenderse, elegirse.

  De ahí una de las mayores paradojas de los seres humanos: sabemos que nunca alcanzaremos plenamente el “telos” (dejaríamos de ser quienes somos, víctimas de nuestro propio logro), pero en ningún caso podemos tampoco renunciar a su consecución (quedaríamos sin objetivo, apresados en un mundo caótico, sin horizonte ni contornos).