Sócrates

 

 VIDA Y CIRCUNSTANCIAS

Ateniense, nacido hacia el año 470 antes de nuestra era en una familia trabajadora (su padre era artesano y su madre hacía a veces de comadrona), se metió en el mundo de la docencia sofista (si bien parece que él no cobraba dinero por sus clases), contando entre sus discípulos a Platón, Critias y Jenofonte. De figura al parecer muy poco agraciada, resulta difícil saber con certeza cómo era personalmente. Aristófanes lo ridiculiza, Platón lo venera, Jenofonte lo retrata a veces como una mediocridad, Aristóteles lo respeta con marcada distancia... Tampoco sabemos con precisión cuáles eran sus ideas, pues sólo nos han llegado a través de Platón y de sus Diálogos, en la mayoría de los cuales la figura de Sócrates hace de protagonista. Por último, su pensamiento ha suscitado las reacciones más extremas, desde la rendida admiración hasta la fobia más visceral (por ejemplo, Nietzsche). Al parecer fue un espíritu fogoso e inquieto, amante hasta el paroxismo de la discusión, mordaz y deseoso de ganarse el afecto de sus jóvenes discípulos atenienses.

La mayor parte de sus discípulos y seguidores (entre ellos Platón, así como también A1cibíades y Critias), de raíces aristocráticas, no era simpatizante del sistema democrático, lo que suscitó no pocas iras por parte de algunos sectores del partido popular. También a Sócrates le tocó pagar los platos rotos y en el año 395 (tenía por aquel entonces setenta años de edad) fue acusado ante la asamblea de impiedad y corrupción de la juventud ateniense (los mismos cargos imputados a Anaxágoras y Protágoras en sus respectivas acusaciones), aunque en realidad no había otros motivos que las rencillas existentes entre grupos políticos. Se le facilitó la huida y el exilio, pero Sócrates prefirió tomar la cicuta y morir, tan inocente se consideraba, tan hastiado se sentía y tan viejo se notaba.

 

MENSAJE

Quizá el mensaje fundamental de Sócrates es, en cierto modo, muy similar al de las escuelas y sistemas orientales: para conocer realmente el mundo exterior hay que penetrar dentro de uno mismo, descubrir lo esencial, alcanzar lo universal, para después -y desde esas bases- intentar llegar al acuerdo y la conciliación con el mundo exterior, con los demás. En otras pala­bras, frente al ciudadano admirado por todos, cargado de éxito y fama, de riqueza y aplausos, Sócrates insiste una y otra vez en que la verdadera riqueza es interior, en que el máximo objetivo en la vida es llegar a ser uno mismo, sin permanecer preso de los demás, atado a sus opiniones, enajenado por las exigencias y las presiones sociales. Lógicamente, Sócrates va contra corriente, pues la sociedad ateniense exige otros mensajes y otras enseñanzas. Los sofistas cuidan mucho la imagen, Sócrates, en cambio, se preocupa ante todo de la coherencia consigo mismo.

Todo el pensamiento socrático está, pues, encaminado hacia el conocimiento interior, hacia la penetración sosegada en lo fundamental de las cosas y de la vida, hacia el cultivo del espíritu. Pero encuentra un escollo importante en el ambiente ateniense: a casi nadie le importa su discurso. En general, se tiene la sensación de saberlo todo o, al menos, lo suficiente para tener el éxito deseado en la vida. La ciencia y la filosofía están de más si no tienen una utilidad directa. Los conocimientos son siempre "para" algo pragmático: hay que ser prácticos, realistas y tener los pies en la tierra; las teorías, las especulaciones, la reflexión por sí misma no tienen sentido.

 

EL MÉTODO

Sócrates emplea incansablemente una táctica para minar una postura mental tan ciega y cerrada: preguntar. Ante alguien que vaya por la vida sabiéndolo todo y despreciando lo que no sabe, la única forma de demostrarle sus carencias es preguntarle por lo que da implícitamente por suficientemente sabido, pero sobre lo que en realidad nunca o muy raramente se ha puesto a pensar. Sócrates le pregunta y le pregunta, aparentemente para aprender, realmente para que acepte la dura realidad de su ignorancia. Cada una de sus preguntas, lleva implícita una invitación: ¿Porqué en vez de hablar tanto y pronunciar discursos tan brillantes, no te dedicas más a pensar en aquello que estás diciendo?

Llega un momento en que el interlocutor, casi siempre un sofista, quizá moles­to, pretende que Sócrates dé una respuesta a sus propias preguntas, pero éste vuelve a hacer una pirueta dialéctica y le responde que "sólo sé que no sé nada". Probablemente, esto irritaba aún más a su interlocutor, que no se podía permitir socialmente el lujo -como Sócrates- de ir de ignorante por la vida (por muy ficticia que fuese de hecho su actitud). Probablemente, en la ciudad de Atenas no eran pocos los que sentían escasas simpatías hacia Sócrates. Sin embargo, éste no buscaba la fama ni el éxito, y continuaba impertérrito con su afán de poner de manifiesto la ignorancia real por parte de algunos de muchas cuestiones de las que tanto alardeaban públicamente.

Sin embargo, con su constante preguntar no estaba persiguiendo sólo poner en evidencia la ignorancia ajena, sino también llegar a acuerdos comunes sobre un asunto. Para ello buscaba la definición de la realidad principal sobre la que versaba la conversación (belleza, justicia, bondad, realidad...). Sócrates aspiraba a que, mediante esa definición sacada entre tanto preguntar y responder, se llegase a un concepto universal de esa misma realidad, que todos aceptaran y con el que estuvieran de acuerdo. De hacerlo así, los sofistas no podrían ya sostener que la verdad o la bondad o la verdad de cada cosa o palabra o pensamiento depende exclusivamente del punto de vista de cada uno. De no hacerlo así, ¿cómo estar seguro de que en medio de una sesión de la Asamblea, en un tribunal de justicia o en una conversación entre varias personas se estaba hablando de la misma realidad y, no sim­plemente se estaban utilizando las mismas palabras, aunque cada uno de hecho se pudiese estar refiriendo a realidades distintas? Si no se lograba tener un concepto común y universal de cada cosa, plasmado en su correspondiente definición, estaríamos condenados a vivir en un mundo de equívocos, sin poder tener nunca la certeza y la seguridad de compartir las mismas realidades.

 

LA ÉTICA

Dada la importancia de la educación de la juventud ateniense para el futuro y el bienestar general de la ciudad, Sócrates también se ocupó -mediante los mismos procedimientos- de aclarar que los valores éticos, las virtudes ciudadanas y las leyes públicas escapan de la teoría sofista del "convencionalismo moral". Cada virtud y cada valor moral deben tener su correspondiente definición, que refleje su realidad objetiva y universal, más allá de cualquier opinión subjetiva o relativa. Sócrates es el gran buscador de definiciones de las cosas como medio ideal para acceder a su esencia. Lo que ocurre es que, a lo largo y ancho de los Diálogos platónicos, queda patente la habilidad socrática para poner en práct­ca su método, pero casi nunca se llega a resultados concretos.

Para Sócrates, el ciudadano "excelente" desde el punto de vista moral es aquel que posee las virtudes adecuadas para cumplir a plenitud sus objetivos y funciones como ciudadano. Sin embargo, un sofista objetará inmediatamente que lo que para unos es "virtuoso" o "excelente", para otros no lo es, pues -como todas las ideas y valores- lo moral y lo inmoral, lo virtuoso y lo vicioso dependen fundamen­talmente de la perspectiva ética de cada individuo y de cada sociedad.

Sócrates, sin embargo, no está de acuerdo con los sofistas. Para él, el hecho de que alguien sea considerado virtuoso no depende fundamentalmente de la opinión subjetiva del evaluador de turno, sino de una dimensión objetiva y universal de la realidad.

Si nos dejamos llevar por el sentido común, parece que todo el mundo tiene muy claro qué es un buen zapatero o un buen fontanero o un buen arquitecto: hacen bien su trabajo. Cada artesano, cada profesional, ha de hacer realidad en su trabajo sus capacidad laboral de la mejor forma posible. Para ello, además de la experiencia y la habilidad, se requiere que cada uno sepa hacer bien su trabajo, pues quien tiene instrucciones defectuosas o una comprensión errónea del mismo, nunca podrá hacer bien su trabajo y ser un excelente profesional en su especialidad. Por tanto, para hacer bien una determinada actividad, hay que tener un conocimiento suficiente y adecuado de la misma.

Algo similar ocurre, según Sócrates, en el terreno de la moralidad. De hecho, a esta aplicación de la necesidad del conocimiento adecuado para ser un buen profesional al ámbito de la ética se la conoce habitualmente con el nombre de "intelectualismo moral": si alguien obra éticamente mal, probablemente se deba a que carece de la información suficiente del bien.

A primera vista, a más de uno le resulta chocante este paralelismo socrático entre la necesidad de un adecuado conocimiento para llegar a ser un buen profesional y la explicación de que las conductas malas responden por lo general a una información inadecuada, insuficiente o errónea. Sócrates presupone que si un individuo es, por ejemplo, un mal delineante, ello se debe a que no ha aprendido bien a ser un buen delineante. Por lo mismo, un individuo moralmente incorrecto (grosso modo, inmoral) es ante todo y sobre todo un ignorante. Si realmente tuviera un conocimiento acertado del bien, dejaría las sendas del vicio y emprendería de inmediato una vida moralmente virtuosa.

    Es muy probable que Sócrates no tuviese la intención de aplicar literalmente su teoría del "buen profesional" al campo de la ética, y que la posible confusión responda básicamente a motivos pedagógicos con sus alumnos y sus oyentes. El conocimiento ético no es igual que el conocimiento requerido para apretar tornillos, operar una apendicitis o conducir un camión. Seguramente Sócrates se refería a la necesidad de llegar a un conocimiento profundo y auténtico de uno mismo, de las motivaciones y objetivos reales para obrar de una manera y no de otra, de los valores fundamentales que han de regir la vida. Sin duda, de no existir ese conocimiento, difícilmente podrá una persona llegar a ser virtuosa, es decir, ajustar coherentemente la propia vida a unos determinados principios y valores morales. Ocurre también que a veces una conducta incoherente o "inmoral" se ve acompañada por unas circunstancias personales muy poco propicias para el análisis y la reflexión, para la crítica y el autoconocimiento. En resumidas cuentas, en opinión de Sócrates, los delincuentes no deberían ir a la cárcel, sino a la escuela. Si logran aprender qué es el verdadero bien, se reformarán y serán buenos. De cualquier forma, este "intelectualismo moral" de Sócrates parece algo exagerado. De hecho, ha tenido escasos adeptos y seguidores.