EL INFIERNO DE UNOS NIÑOS

 

Supongo que usted no tiene ningún recuerdo de los primeros seis meses de vida. Tampoco, de los primeros años de existencia. Y, sin embargo, miles y miles de sensaciones, impresiones y estados de ánimo fueron sucediéndose y dejando su huella cada día y cada noche a lo largo de esos años. No tenemos recuerdos conscientes de todo ello, pero los llevamos con nosotros mismos pues han ido constituyendo nuestra forma de ser, nuestro temperamento, nuestra personalidad: somos como somos porque, en parte, esos años primeros fueron un elemento primordial de configuración de lo que ahora llamamos “yo”.

Fitzhugh Dodson escribió un libro de gran éxito “Tout se joue avant six ans” (Todo se decide antes de los seis años), donde explica la importancia decisiva que tiene en cada ser humano lo sucedido y vivido durante una edad en que se suele suponer que el niño no se entera de nada. Nos ha tocado vivir en una sociedad y en una cultura en las que nos fijamos sobre todo en lo que aparece, en lo que perciben directamente nuestros ojos,  nuestros oídos. Sin embargo, todos portamos dentro, como argamasa que va confiriendo unidad y estructura a lo que vamos haciendo cada jornada, todo lo que nos ha ido haciendo como somos desde el primer momento de nuestra existencia. De ahí que nada en la vida es neutral, indiferente, pues cada momento, cada situación nos van modelando en una dirección u otra.

Digo esto con la esperanza de que usted comprenda el espanto y el dolor con que estoy escribiendo estas líneas. La semana pasada la policía española desmanteló una red de pederastas y nos fuimos enterando de que cientos de bebés y niños fueron objeto de abusos y violaciones espeluznantes. Uno de los detenidos reconoció que solo él había tenido contacto con más de un centenar. Y ese último pozo negro del horror se ha sumado a todo un río de casos hediondos similares: pocos días antes, la policía italiana había descubierto una extensa red de pornografía infantil en Internet, con 186 imputados de las más variopinta condición social y moral, y sólo en lo que va de año la policía ha realizado en España nueve operaciones contra la pornografía infantil a través de Internet.  Sume usted a todo esto las cifras de pornografía infantil existente en el mundo, el enorme negocio de prostitución infantil, principalmente en determinadas zonas del mundo subdesarrollado, al que recurre una ingente cantidad de turistas ricos con dólares en el bolsillo, o la lista de denuncias de abusos de menores (rápidamente silenciadas) por parte de algunos de algunos clérigos católicos. Son la punta de un inmenso iceberg, donde apenas nos percatamos o hablamos de lo más importante: el sufrimiento infinito de cada uno de esos niños, de cada una de esas niñas.

Hace años, se hizo famosa una frase de Jean Paul Sarte: “L´enfer c´est les autres” (el infierno son los otros).  Normalmente se adjudicaba a los demás el papel de diablo, y nos quedábamos haciendo de víctimas. Ahora corremos el mismo peligro de tergiversar el sentido del infierno. Sentimos asco y toneladas de indignación ante todos esos degenerados y depravados carroñeros que viven de la pornografía y la prostitución infantil. Los señalamos como los demonios de ese infierno y reclamamos el peor de los castigos para todos ellos. Sin embargo, nos olvidamos del infierno mismo, del auténtico infierno: los niños y las niñas que lo padecen. Todo lo que pide un niño es cariño y seguridad. El infierno consiste en que todos esos niños que día a día viven en él, sólo reciben espanto.

Dostoievski dice en su novela “Los hermanos Karamazov” que nada hay más terrible y doloroso en el mundo que las lágrimas y el sufrimiento de un niño inocente. De ahí que el infierno more entre nosotros en tantos lugares del mundo, algunos muy cercanos. Hay quienes llaman a estos crímenes “ciberdelitos”, pues gran parte de los negocios de esos desalmados se perpetran a través de Internet. Sin embargo, Internet no tiene la culpa de nada: lejos de ser un instrumento infernal, constituye un magnífico medio de información, comunicación y ocio. El infierno no reside en Internet, sino en la mente, el corazón y la cuenta corriente de esos monstruos (los que organizan y ofrecen la mercancía y los que la compran y la utilizan). El infierno vive sobre todo en la mente, el corazón de cada niño preso en sus redes, en el asqueroso pasado, en el terrible presente y en el tenebroso futuro de cada uno de esos niños y niñas