¿Alumnos difíciles? Penalty y expulsión

 

  Hace pocas semanas, un colegio británico se declaraba en huelga como protesta por la violencia y la indisciplina de un alumno de diez años. Se trataba de una entre otras muchas noticias inquietantes sobre colegios europeos y americanos. Sin embargo, los conflictos escolares de Nottingham, del barrio madrileño de San Blas o del Bronx neoyorkino constituyen sólo la punta de un inmenso iceberg de violencia y marginación social del que también forman parte, por ejemplo, los desaforados hinchas de un equipo de fútbol, las colas de parados sin esperanza, los habitantes de algunas zonas urbanas o las jaurías de fundamentalistas abertzales que asolan y destruyen cuanto está a su alcance. Desde mi ventana veo cómo cuarenta muchachos uniformados aprenden a manejar su fusil, a la vez que el telediario muestra cadáveres de hutus chamuscados, presos venezolanos carbonizados y bosnios desenterrados. Los niños se desayunan cada mañana con un variado surtido de dibujos animados repletos de violencia maniquea, mientras sus papás acompañan su café con la lectura de la sección de sucesos truculentos del día.

Cada uno busca un hueco en el mundo donde obtener un nivel suficiente de aprecio y autoestima. Unos se identifican así con sus papás o con Ronaldo o con Stephen Hawking, pero otros bastante tienen con subsistir en un medio tan inhóspito y hostil como el que les ha tocado vivir, por lo que se identifican con Conan y Rambo, con el Lute y el Vaquilla, es decir,  con los modelos  que parecen garantizarles más y mejor la supervivencia y la admiración de los demás. O, en el colmo de los males, hay también otros que no han tenido la menor oportunidad de identificarse con nadie, salvo con su propio rencor y su propio desamparo.

Esos muchachos no son unos monstruos o unos delincuentes, sino el sumidero de los conflictos y frustraciones de la sociedad. Su violencia no es tanto un arma agresiva cuanto un mecanismo de defensa. Creer entonces que la solución consiste en la simpleza de obligarlos a acudir diariamente a la escuela o ajustarse a las pautas sociales y culturales de la mayoría linda entonces con la estupidez: ni la escuela actual está en condiciones de ofrecerles una respuesta adecuada y atractiva a sus problemas e intereses ni ellos mismos desean conectar con las enseñanzas oficiales. Algunos alumnos problemáticos se limitan a volcar sobre la escuela su propia frustración, mientras que los centros de enseñanza responden, a su vez, blandiendo a diestro y siniestro el reglamento de régimen interno y su correspondiente lista de sanciones y expulsiones.

Actualmente la educación es obligatoria en España  hasta los dieciséis años y, por consiguiente, a la escuela acuden también los niños tenidos por difíciles. Sin embargo, quien crea que con ello se ha llegado a alguna parte o que se van a quedar embelesados de gusto e interés por el sintagma preposicional o la trigonometría está muy equivocado. Están acostumbrados a sobrevivir a base de golpes -los recibidos y los dados-, en un clima de desconfianza sistemática hacia la autoridad, en el marco de un horizonte que apenas sobrepasa el día a día y en un mundo de intereses completamente ajeno o refractario a la actual oferta educativa. 

Los gobiernos no saben qué hacer con la patata caliente de la violencia y  recurren a uno de los tópicos más manidos: la escuela. Por “escuela”, claro está, entienden la pública. La escuela privada, tradicionalmente especializada en la formación de unos estratos de la población aislados de los más conflictivos y marginales,  mira hacia otro lado y se lava las manos. De hecho, posee filtros muy  sutiles para detectar o eliminar cualquier elemento molesto o espúreo. Más aún, la escuela privada sabe muy bien que, de no hacerlo así, se le hundiría gran parte del negocio: son los propios padres de su  alumnado los que le exigen la exclusión de facto de los alumnos difíciles o conflictivos, el mantenimiento del “nivel” y la garantía de que en sus centros imperarán el orden, la disciplina y la urbanidad, bajo la tutela del sacrosanto “ideario”.

La escuela pública se encuentra cada vez más sola ante el peligro. Sin embargo, ni gran parte de su profesorado está hoy por hoy en condiciones de ofrecer soluciones eficaces y realistas al problema, ni las autoridades educativas proporcionan los recursos necesarios -por el contrario, recortan los ya existentes- para que la escuela pública cumpla  sus objetivos. Lamentarse  entonces de la falta de disciplina en las aulas constituye el enésimo acto de hipocresía social. Una vez más, los únicos que pagan el pato son los alumnos. Los padres no existen, los profesores no aburren, los inspectores no duermen por la noche de tanta preocupación y la ministra Aguirre ha perdido el apetito porque en Biel han cerrado la escuela del pueblo.

  Así las cosas, languidece la principal víctima de tanta dejación, de tanto recorte y de tanta racanería: la escuela pública. A la vista de los Presupuestos Generales del Estado (seguimos estancados en torno al 4 % del PIB en gasto educativo, frente al 6% de media europea), nuestros gobernantes manifiestan un exiguo interés real por la educación (concretamente, la pública). Como botón de muestra, mientras se reducen las plantillas de profesorado y se suprimen programas de educación compensatoria y permanente, se destinan 7.000 millones de pesetas a la financiación de 37.500 nuevos puestos escolares en Infantil en centros privados concertados. Ya no se molestan ni en disimular.

  Los actuales dirigentes culturales y educativos en el ámbito estatal y aragonés, habituados a moverse en el mundo selecto de lo privado, ni parecen apreciar la escuela pública ni estar dispuestos a potenciarla suficientemente para que alcance sus objetivos educativos. Algunos ciudadanos se han quejado además de que no tienen un modelo educativo. Se equivocan: lo tienen, y muy claro, pero es tan parecido al modelo del pasado y se identifica tanto con el sistema privado de enseñanza, que poco o nada tienen que ofrecer, salvo seguir dejando en la estacada a la enseñanza pública.